"injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas". José Martí

 

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La Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República tiene como objetivo alentar el desarrollo disciplinario e interdisciplinario en Ciencias Sociales, tanto a través de la investigación como de la docencia de grado y posgrado.

La institución ofrece hoy cuatro licenciaturas, cuatro doctorados, diez maestrías y una amplia variedad de diplomas de especialización.

En materia de investigación produce un conjunto amplio de actividades académicas, seminarios, publicaciones y asesoramiento a organismos públicos y privados, con el fin de proyectarse a la comunidad nacional y conectarse con los centros científicos internacionales.

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¿Por qué afirmar la necesidad de un pensamiento crítico en América Latina?

05.Ene.2017

Alejandro Casas

"injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas". José Martí

 

En esta columna nos preguntaremos sobre algunos fundamentos teóricos y de tipo sociohistórico que harían necesario continuar recreando críticamente las perspectivas y horizontes en el campo del pensamiento social en Nuestra América (según el concepto martiano), en particular en las Ciencias sociales y Humanas (hablaremos aquí principalmente de Teoría Social); en una tradición que por otra parte tiene ya muchos acumulados en nuestras latitudes y en el Uruguay, sucesivos "comienzos y recomienzos" al decir del filósofo mendocino Roig, aunque sin duda subalternos, en relación a las tradiciones académicas hegemónicas.

Partimos de la constatación de que, al hablar de América Latina y el Caribe, existen elementos económicos, políticos, sociales, lingüísticos y culturales que han sido relativamente compartidos por la región y sus pueblos, aún con sus múltiples diversidades, y salvando las diferencias entre períodos históricos y coyunturas a lo largo de nuestra historia moderna.

Sin poder profundizar aquí en dichos elementos, queremos sí enfatizar en los rasgos de la dependencia histórico-estructural de nuestras economías, sociedades, instituciones y formas culturales, que han permeado también, en algunos casos de manera más mediada o indirecta, las estructuras hegemónicas de pensamiento y de elaboración en el campo de la teoría social.

Sin embargo, sería también un error conceptual considerar nuestras realidades sociohistóricas en términos homogéneos; por el contrario, ello supone destacar las particularidades de las formaciones sociales latinoamericanas, en términos de una "unidad en la diversidad".

Todo lo anterior nos lleva a poner en duda y repensar aquello tan mentado de la "excepcionalidad" uruguaya", como un elemento imaginario (con fuerte peso en las prácticas sociales) que casi siempre enfatiza aquello que nos separa (y no lo que nos emparenta o vincula) con el resto de los países latinoamericanos o dependientes, y que por lo tanto nos acerca a otros "modelos" de "desarrollo", generalmente asociados a algunos países europeos o a los EEUU; construcciones identitarias que, por otra parte, no han sido sólo una particularidad local sino que han constituido una prédica relativamente constante de las élites intelectuales, políticas y las clases dominantes en la amplia mayoría de los países de la región.

Para intentar acercarnos mínimamente a una perspectiva de más larga duración en el análisis sociohistórico, parece necesario apelar a algunas relecturas desde el pensamiento crítico en América Latina.

Por ejemplo el sociólogo peruano Aníbal Quijano ha indicado tres características centrales que asumió el nuevo "patrón de poder" mundial moderno que se conformó a partir de la conquista de América por las potencias europeas: esto es el capitalismo, la colonialidad del poder y el eurocentrismo. América se constituyó como el primer "espacio/tiempo" de un nuevo patrón de poder de vocación mundial. En particular el eurocentrismo supuso una hegemonía global, con predominio europeo, en torno a la producción de la subjetividad, la cultura, y de conocimiento, que tuvo y mantiene muchísima influencia en América Latina y el mundo todo. 1

Desde el posicionamiento que aquí adoptamos, ello implica reconocer el carácter contradictorio y ambiguo de dicha modernidad hegemónica, en términos de ciertas lógicas binarias tendencialmente operantes (civilización/barbarie, racional/irracional, científico/mágico o mítico; moderno/tradicional, raza blanca/razas inferiores, varón/mujer), profundamente excluyentes y generadoras de "víctimas" (según el concepto de Walter Benjamin) a lo largo y ancho del planeta, pero en particular en las regiones del mundo (neo-pos) colonial, o de lo que luego se denominó como Tercer Mundo.

Ello nos afirma en la necesidad de recuperar la vigencia de muchas promesas de la modernidad (libertad, igualdad, fraternidad, emancipación humana), pero también indicar los límites a su efectivización en el mundo todo, en particular en nuestros países. Ello en el marco de aquel patrón capitalista de poder mundial que, aún habiendo sufrido importantes modificaciones a lo largo de su historia, todavía continúa vigente en sus trazos fundamentales, lo que supone perpetuar relaciones de dominación entre los hombres, y de estos con la naturaleza, desde una racionalidad instrumental y destructora de diversas formas de vida.

Sin embargo, no se trata tampoco, desde la búsqueda de este pensamiento crítico latinoamericano, de proclamar unanimidades o nuevas colonizaciones intelectuales, ni tampoco de afiliarse a posiciones anti, pre o pos-modernas, como ha sostenido el filósofo argentino Enrique Dussel; es decir ni de regresar a una comunidad idealizada carente de conflictos; ni de negar muchos de sus instrumentos conceptuales y socio-políticos (algunos de los cuales tienen raíces importantes en el mundo griego antiguo); ni de sostener acríticamente la "muerte del sujeto", de las utopías transformadoras, así como de la propia historia, como han proclamado algunas corrientes posmodernas y neoliberales.

Tampoco se trataría de estimular perspectivas provincianas, "folcloristas" o esencialistas de la cultura o los sujetos sociales latinoamericanos, sino en todo caso de afirmar aquellas que tengan pretensiones de comprender y explicar la realidad social y sus particularidades desde un "universalismo concreto", ya no "abstracto" o "falsamente universalista" (bajo el manto de un discurso y unas prácticas que confunden "la parte con el todo").2

Si, como se ha sostenido, Nuestra América se ha constituido como una especie de "cara oculta" y negada de la modernidad capitalista, ello supone el desafío de re-construir y recrear permanentemente las conceptos, categorías y metodologías de una teoría social creativa y rigurosa, en sus mediaciones con una praxis social transformadora, que de respuesta a los desafíos de nuestro tiempo y de nuestras sociedades. En ello han tenido sin duda una centralidad importante las contradicciones sociales efectivamente operantes y las luchas sociales de muy diverso tipo. Casi 200 años después no ha perdido vigencia aquel postulado del pedagogo Simón Rodríguez, "O inventamos o erramos".

 

1 Quijano, A. (2002): "Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina". En Lander, E. (comp.): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. (Buenos Aires, Clacso, pp. 201-243.)

2 Ver los aportes del filósofo uruguayo Yamandú Acosta (2005): Sujeto y democratización en el contexto de la globalización. Perspectivas críticas desde América Latina. (Montevideo, Nordan). p 44. 

 

Alejandro Casas. Asistente Social y Doctor en Servicio Social. Prof. Adjunto en Departamento de Trabajo Social-FCS-UR. Docente de Ética Filosófica y del Proyecto Integral "Sujetos colectivos y organización popular", Área Deliberación.