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Políticamente incorrecto

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La columna de Álvaro Ahunchain

Sobre el autor

Nací en 1962. Dirijo Ahunchain Comunicación y asesoro en esta materia a empresas privadas y públicas y partidos políticos. Soy dramaturgo y director teatral, con piezas editadas en España, Francia y Estados Unidos y estrenadas en Argentina, Chile, Venezuela, El Salvador, México, España y Alemania. Ocasionalmente he producido y dirigido televisión. Ejerzo la docencia en la Universidad Católica, el CLAEH y la Escuela del Actor. Facebook: Alvaro Ahunchain Twitter: @alvaroahunchain

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Si se trata de Eli-u Pena, los reyes son los hijos

03.Ene.2012

 

Conocí a Eli-u Pena, como no podía ser de otra manera, gracias a mi canal preferido, Tevé Ciudad. Viendo el registro de un concierto de su grupo en la Sala Zitarrosa, sin saber nada de ella, quedé maravillado con esa chiquilina encantadora que recorría todo el escenario cantando y bailando unas canciones muy originales, de letras surrealistas y melodías complejas y a la vez envolventes.

Tiempo después quiso el destino que mi hijo Felipe se integrara a su banda y que tuviera la ocasión de verla en vivo, en el bar Mingus de San Salvador y Jackson. A esa altura, ya me había enterado de que los temas que Eli-u interpretaba eran de autoría de su padre, el mítico "Príncipe" Gustavo Pena, que compuso una obra fascinante a partir de los años ochenta y murió prematuramente en 2004.

El tercer capítulo de este descubrimiento se produjo en Navidad, cuando Felipe me regaló el cedé de Eli-u "Creo en los elefantes", editado en 2008 por Los años luz discos (www.laldiscos.com). Empecé a saborear los temas, escuchándolos una y otra vez. Melodías de una riqueza increíble, sólo comparable a las proezas estéticas de Eduardo Mateo. Letras de escritura simple y directa, pero al mismo tiempo cargadas de metáforas y de un aprovechamiento lúdico del azar de la rima. Y la voz cálida, casi adolescente, de Eli-u uniéndolo todo con ingenuidad y desparpajo, como si celebrara risueñamente la fuerza de tanta poesía.

Los estilos musicales se suceden con una sorprendente versatilidad, y las letras van desde el triste lirismo de "Quisiera despertar" ("Quisiera despertar un día / sin voces, sin gente / sin esa agitación en mi mente por lo que vendrá") hasta la ácida crítica social de "Mi barco" ("Caramelos y maní para los monos / y los monos no preguntan por qué / Y con eso los mantienen ocupados / los mantienen encerrados también / Pobres monos que parecen tan humanos...").

El librillo que acompaña al disco tiene en su tapa una foto conmovedora: es el Príncipe asomándose a una ventana, con una sonrisa de oreja a oreja, y levantando entre sus brazos el cuerpito pequeño de Eli-u niña. Ella, que no tendría entonces más de seis años, lo abraza y mira a la cámara con expresión seria. La foto parece ser profética de un amor de padre e hija que trasciende el tiempo y que hoy se traduce en esta hermosa misión de ella de recuperar y difundir la obra de él.

Con la calidez de su voz y su delicioso manejo escénico, Eli-u podría perfectamente obtener éxitos inmediatos cantando covers o sumándose a los gustos y modas de la hora. Pero eligió un camino artístico más largo, más empinado y sin lugar a dudas más hermoso y útil.

Me resulta gracioso que algunos críticos definan a las promociones artísticas por su capacidad "parricida" con la generación anterior. Aquí estamos ante todo lo contrario. En un Uruguay hastiado de cultura lumpen, con "Wachiturros" y "Damas Gratis" cantando boludeces en el horario central de la televisión abierta o sonriendo en grandes afiches encartados en los diarios de circulación masiva, artistas como Eli-u Pena levantan su alegre rebeldía para demostrar que alguna vez hubo otro Uruguay, de poetas y compositores desvelados por la calidad estética, la sensibilidad y un espíritu transgresor no carente de buen gusto. Pareciera que si antes nos distinguía el afán de ruptura con generaciones anteriores, ahora  nuestro deber es el de reivindicarlas, contra la penetración cultural que ejercen productos industrializados bastardos, que en lugar de enriquecer el alma, la embrutecen.

¿Cuánto separa al tema "Clara" de "No te va gustar" de antecedentes como "Colombina" de Jaime Roos y Raúl Castro? ¿Y cuánto separa a las composiciones más ricas de Jaime del faro rupturista que fue Eduardo Mateo? ¿No hay acaso una continuidad en los logros de la nueva generación de creadores teatrales como Gabriel Calderón y Santiago Sanguinetti, con el terremoto estético provocado por Alberto Restuccia y Luis Cerminara con Teatro Uno, hace cincuenta años?

Y es bueno que así sea. Se me dirá que la cultura es un organismo vivo y que aún sus expresiones más rudimentarias e idiotizantes pueden ser inspiradoras para los verdaderos artistas. Un lector objetó no sin razón mi protesta contra la cultura lumpen, observando que Juan Campodónico elaboró música valiosa a partir de la cumbia villera. No dudo que sea así y me parece fantástico que el talento creativo pueda jerarquizar un arte que es empobrecedor en su origen. Pero acciones puntuales como éstas no impiden que más y más gente acepte y adopte en forma pasiva la pésima chabacanería que campea en las letras y músicas del género.

Se me ha dicho que quiero imponer a "los lúmpenes" lo que deben escuchar. Rechazo firmemente, primero que nada esa errónea denominación destinada a los sectores socioculturales más bajos. "Lumpen" es un término originado en el marxismo que define en forma despectiva a los pobres desclasados y degradados socialmente, cercanos al delito. Hablar de "los lúmpenes" en referencia a la clase baja es una barbaridad profundamente sectaria. Pretendiendo defender sus derechos a autodeterminarse, se los estigmatiza, un poco al estilo de aquella malograda campaña publicitaria del Ministerio del Interior, que decía "Yo los defiendo".

Otra cosa muy distinta es la "cultura lumpen", que no siempre se origina en los estratos bajos de la sociedad, pero que en todos los casos se sirve de ellos para propagarse, como la pasta base. La mayoría de los grandes artistas uruguayos han provenido de las clases medias y bajas: siempre hubo (o al menos lo hubo hasta hace algún tiempo) un sistema educativo capaz de difundir calidad y promover espíritu de superación. Aprobar que en los asentamientos sólo se conozca la cumbia villera es de un determinismo social atroz, que las políticas públicas y los medios de comunicación privados -siempre tan omisos ambos- deben combatir con la mayor convicción.

Como siempre, la esperanza está en la rebelión de la sociedad civil, de los ciudadanos de a pie que en este país siguen produciendo un arte de calidad, aunque el mercado les dé la espalda y el apoyo estatal resulte insuficiente.

Por eso vale la pena poner el ojo y el oído en aquellos uruguayos que, como Eli-u Pena, todavía creen en la poesía, a pesar de todo.


 

Sitios recomendados:

www.myspace.com/eliupena

www.myspace.com/elprincipespace