La filosofía oscila constantemente desde obviedades a complejas abstracciones. Éstas últimas no tienen sentido si no terminan iluminando el lugar del que partieron. No podemos vivir solos, necesitamos estar en comunidad. Esta obviedad encierra el meollo del asunto: para poder <ser>, necesitamos de los <otros> y, desde ese momento, nuestro <ser> topa ante algún tipo de <deber ser>.

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Columna de Facundo Ponce de León

Sobre el autor

Montevideo, 21 de agosto de 1978. Doctor en Filosofía por la Universidad Carlos III de Madrid. Licenciatura en Filosofía y en Ciencias de la Comunicación por la UDELAR. Periodista en prensa escrita (El Observador, El País, Freeway) y televisión (Vidas, Contenidos TV, Teledoce). Profesor de Antropología filosófica en la UCU. Escribió el libro "Daniele Finzi Pasca: teatro de la caricia". Investigador en la CFP. Percusionista. En 2012 fundó Mueca films junto a su hermano Juan.

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Lo que soy y lo que debo

16.Oct.2013

La filosofía oscila constantemente desde obviedades a complejas abstracciones. Éstas últimas no tienen sentido si no terminan iluminando el lugar del que partieron. No podemos vivir solos, necesitamos estar en comunidad. Esta obviedad encierra el meollo del asunto: para poder <ser>, necesitamos de los <otros> y, desde ese momento, nuestro <ser> topa ante algún tipo de <deber ser>.

El <ser> tiene en sí mismo la presencia del <otro> pero esa presencia implica algún modo de privación del <ser> para que la convivencia sea posible. Desde el punto de vista humano, vivir y convivir son sinónimos, yo no podré hacer nada si no es con los otros, y este "ser con los otros" implica moldear mi <ser>.

Desde esta base antropológica se despliegan a lo largo de la historia de la filosofía distintos sistemas y argumentos para zanjar esta paradoja originaria entre <ser y deber ser>, entre lo que somos y lo que tendríamos que ser, entre tú y yo y nosotros.

El <deber ser> no es solo con los que comparto el mundo, con las otras personas y generaciones que viven al mismo tiempo que yo, sino también con las que murieron y con las que aún no son. El <deber ser> de los muertos no muere, sigue latiendo y lo hace en forma de instituciones, de tradición, de parábolas y refranes que nos vienen dados, que nos ahorran camino o nos recuerdan que por aquí pasó gente.

Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote, lo decía así:

El tigre de hoy no es más ni menos tigre que el de hace mil años: estrena el ser tigre, es siempre un primer tigre. Pero el individuo humano no estrena la humanidad. Encuentra desde luego en su circunstancia otros hombres y la sociedad que entre ellos se produce. De aquí que su humanidad, la que en él comienza a desarrollarse, parte de otra que ya se desarrolló y llegó a su culminación; en suma, acumula a su humanidad un modo de ser hombre ya forjado, que no tiene él que inventar, sino simplemente instalarse en él, partir de él para su individual desarrollo

Por su parte, el <deber ser>de los que aún no son es también un producto de nuestra conciencia histórica. Sólo cuando sabemos, y sólo la historia nos da este saber, de que no somos ni los únicos ni los primeros en el mundo, nos percatamos de que tenemos que dejar algo a alguien y dar cuenta de ello. En este sentido, el problema de sostenibilidad del mundo actual, del tan mentado cambio climático, es crucial para lo que dejemos o no a las generaciones futuras.

Entonces, para desarrollar mi <ser>, aquello que soy, tengo que incorporar al <otro> en tres dimensiones: el <otro> con el que convivo hoy, el <otro> que viene de la historia pasada, y el <otro> que heredará lo que hagamos. Estas tres dimensiones generan un <deber ser>. Es importante asumirlo. El error es pensar que es sólo opresivo, que este deber es sólo inquisitivo y asfixiante.

El <deber ser> es dinámico y proactivo. Verlo como algo que coarta la libertad implica una visión de sujeto solitario y errada. No hay ser sin otro y no hay otro sin deber ser. Parece un juego de palabras pero es la plataforma desde la cual las personas y las sociedades se desarrollan. De tan obvio lo perdemos de vista. Y empezamos a sentirnos oprimidos en nuestro ego cuando en realidad estamos recibiendo una invitación a ser mejores.



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