House of cards es la serie del momento. Ok, tenemos Game of thrones pero para abril todavía falta un rato. House of cards es la serie del momento porque está muy bien hecha, porque es la primera serie original Netflix, porque aunque no sale por televisión estuvo y está nominada a los Emmy (que no se le ocurra ganar, que este es el año de Heisenberg), porque críticos y fanáticos se han rendido a sus pies, porque la produce David Fincher y, sobre todas las cosas, por Kevin Spacey.
Nadie va a descubrir ahora al Sr. Spacey. El tipo que se ganó el Oscar y el paraíso con esa maravilla que es Belleza Americana. Que descolló en Los sospechosos de siempre, La vida de David Gale o 21 blackjack. El Lex Luthor de Superman regresa, para los freakis. Pero en HOC supera todo eso. No solo encarna un personaje complicadísimo -Frank Underwood, un congresista estadounidense que es capaz de hacer las tramoyas más maquiavélicas con tal de escalar en el poder- sino que en medio de la acción se desdobla, quiebra, mira fijo a cámara y comenta con nosotros lo que va sucediendo en la trama que él mismo protagoniza. Esa original vuelta de tuerca narrativa es otro de los puntos altos de la serie, que genera una complicidad inmediata con el personaje y además sirve para aclarar un poco por dónde vienen los palos. Los que no entendemos un pomo de política yanki, agradecidísimos. Lo novedoso no es ese héroe de doble moral, que amamos y odiamos al mismo tiempo. Dexter ya nos demostró que por empatía somos capaces de tolerar hasta el asesinato.
Lo novedoso es... Bueno, en realidad no hay nada muy novedoso. Lo genial es Kevin Spacey, y su talento para interpretar un personaje que me encantaría saber a qué otro actor de Hollywood le encajaría mejor. Y ojo, que no está solo. Lo acompaña Robin Wright -más conocida como la novieta de Forrest Jump-, que actúa tan pero tan bien que se acaba de llevar para la casa un Globo de Oro -¿se llevará el Emmy?-.
Pero dediquémosle un párrafo a la serie en sí. La trama es buena. Ya lo era en la novela y en la versión que la BBC hizo en los 90. El reparto es excelente (Corey Stoll y su Peter Russo merecen una serie propia). Y el despliegue de producción (ambientación, fotografía, música) es digno de cualquier estudio de televisión tradicional. Un último punto importante es el ritmo de vértigo que propone. Si en una serie normal los personajes nunca van al baño, en HOC ni siquiera saludan con un “buen día”. Pero eso que suele ser una virtud -no siempre. Basta con ver la segunda temporada de Homeland y cómo Brody pasó de ser Greta Garbo a Kim Kardashian en cuatro episodios- le quita un poco de verosimilitud. Entiendo que estos congresistas deben de ser tipos muy inteligentes, pero nunca vi a nadie dialogar con la rapidez y locuacidad de estos muchachos. Como si supiesen de antemano lo que el otro les va a preguntar -¿estará guionado?-. Y menos al valor que le sirve las costillas en el antro de mala muerte.
Entonces la pregunta es: en este mar de series que se estrenan todos los meses, ¿vale la pena sacarle tiempo a la rambla para mirar House of cards? Y la respuesta es que sí. Al menos un par de capítulos. Quizá la trama no enganche a muchos, pero el Frank Underwood de Kevin Spacey, ese ambicioso congresista dispuesto a todo, ese marido enamoradísimo pero que juega al borde de la infidelidad, ese veterano venido a menos que siente su orgullo herido y se pone a hacer ejercicio en el sótano de su casa... ese personaje sí que merece nuestra atención. Ese actor que, más tarde o más temprano, será recordado como el primer hombre en ganar un Emmy a Mejor actor protagónico de una serie de televisión que no se emitió nunca jamás por televisión.
A partir de hoy está disponible (“estreno”, qué palabra pasada de moda…) en Netflix la segunda temporada completa.